lunes, 7 de abril de 2014

Abandono.
Por Anacleto Soriano.
Leía el periódico, como todas las mañanas, cuando empezó a sonar el teléfono sobre una mesa en la sala. Levanté la mirada y lo observé por un instante, luego me incliné sobre el periódico y seguí leyendo. No le di importancia, además, contestar suponía interrumpir mi lectura. Cuando mi esposa estaba en casa se encargada de responder las llamadas, a mí no me gustaba atender. Consideraba un sobre esfuerzo eso de estar identificando las voces.
De todos modos, el teléfono se calló. Pero un minuto más tarde, comenzó nuevamente con el sofocante rin rin que afligía mis oídos. Molesto por el incesante sonido, me levante de la banqueta, dejé el diario sobre mi escritorio personal y atendí la llamada.
-hola buenos días –dije-. Una voz masculina me habló casi de inmediato 
– ¿Con el señor Alfonso López?
–si señor –le dije.
–En hora buena Sr. López –dijo el hombre-. Es usted un hombre afortunado. Ha sido seleccionado como próximo acreedor del boleto de ingreso a la gran feria del micro y el macro empresariado, con capital nacional e internacional en negocios. Con este boleto usted tendrá la oportunidad de afiliarse a determinada empresa de negocios según sea de su conveniencia y gusto.
Solo… disculpe señor –interrumpí- usted debe estar equivocado. En primer lugar: yo no me he inscrito en ningún concurso de boletos de ferias, en segundo lugar: no soy un negociante, y por ultimo: no tengo interés en formar parte de ningún tipo de empresas.
La voz insistía en que le dejara explicar la promoción, pero fui drástico para terminar con la conversación. Lo deje hablando solo, después colgué el teléfono y me dirigí a la banqueta. Apenas había leído un párrafo cuando, el teléfono comenzó a sonar nuevamente. No respondí.
Recordé a mi esposa y tuve el deseo de llamarla. Así que fui al teléfono, marqué su número y me quede a escuchar la voz de la operadora que me seducía, incitándome a dejar un mensaje. Quizá mi esposa aun estaba en el hotel y su teléfono se había descargado. O quizá estaba caminando por la calle y por temor a un asalto o a cualquier incidente no deseado, había apagado su móvil.
Habiendo sabido que no podría escuchar su voz esa mañana, me dirigí a la cocina y preparé un desayuno rápido. Luego fui a la calle a pasear un poco. Era un domingo con un sol radiante. Las gentes circulaban alegres por las avenidas de la ciudad. De vez en cuando, una pareja de jóvenes tomados de la mano, pasaban deleitando el sol de la mañana. En la catedral, un puñado de gentes, mayoritariamente de edad avanzada, escuchaba la misa dominical.
Revisé la hora en el reloj del parque central, vi que ya se acercaba la hora en que habían prometido llamarme, así que tomé un taxi y regrese a casa rápidamente.
Al fin, a la media tarde, después de esperar casi dos horas, sonó el teléfono. Apresurado atendí con el “¿buenas tardes?” típico de un contestador. Te estuve llamando en horas de la mañana – me reprochó la persona que estaba del otro lado-. Lo siento –dije- estaba de salida por la ciudad. No importa -me dijo- solo es para decirte que ya tengo los detalles del próximo concurso de cuentos.
Era Luis. Había prometido avisarme sobre un concurso de cuentos que estaban preparando los muchachos de la carrera de letras de la Universidad Autónoma de Zacatecas. No dudé en decirle que los enviara a mi correo electrónico. Y unos minutos más tarde estaba leyendo, en mi computadora, los datos que Luis había enviado a mi dirección.
Me quede en casa esa tarde. Un domingo más que se escurría entre mis dedos. Mi esposa no llamó. Intente llamarla pero la seductora voz de la operadora se interponía exigiendo un mensaje. Tal vez perdió el cargador o la señal de su móvil era débil. O tal vez extravió el teléfono. Cualquier cosa podría imaginar, menos la verdad.
Ella se había marchado una semana antes. Un sábado, a primera hora, se subió al autobús que se dirigía directamente a la antigua Guatemala. El trabajo me obliga  – me dijo-. Me quede esperando su regreso, como muchas otras veces que, debido a su trabajo de promotora de ventas regional, me había abandonado por una, dos o tres semanas. Y en el mayor de los casos se fue un mes. Lo que yo nunca comprendí es ¿por qué si era promotora de ventas regional, sus visitas eran constantes a Guatemala y no a otro país?
Pero la amaba y no iba a cuestionar su trabajo con mis dudas. Me fui a la cama a las 10 de la noche. Dormí extrañando su presencia a mi lado. Pero, de todos modos, había que esperar.
Al día siguiente envié mi cuento al correo electrónico que Luis me había proporcionado un día antes. Una hora más tarde recibí la notificación de participación en el XI concurso de cuento de Centroamérica y México, en tema libre.
Luis era un mexicano al que yo había conocido, a través de internet, cinco años antes. Fuimos compañeros virtuales en un MOOC (Masive Open Online Course), curso de periodismo que impartían unos cibernautas empedernidos. Yo abandoné el curso a la mitad. Luis concluyo y fue acreedor de un diploma mas para su currículo. A pesar de que ya habían pasado muchos años, nuestra amistad continuaba.
Seguí, aquel lunes, hora tras hora, hasta que anocheció. No tuve llamada de mi esposa. Mis vacaciones se agotaban poco a poco y yo sin poder disfrutarlas con ella, la esperaba para irnos a la playa o a algún parque arqueológico, juntos. Pero aun no regresaba.
Pasé toda la semana, leyendo el diario cada mañana, contestando las llamadas telefónicas, haciendo las labores domesticas y esperando la llamada de mí esposa. No había más que esperar a que ella llamara, pues si yo lo hacia la operadora se adelantaba. El viernes de esa semana me comunique con Luis para preguntarle cómo iba el desarrollo del concurso del cual él era también participante, además, era amigo cercano de varios de los organizadores. Pero me dijo que solo había que esperar. En esa fase del concurso no daban información. El jurado era el único que sabía cómo estaban los trámites de evaluación. El sábado te avisare – me dijo-.
Al día siguiente, por la tarde Luis, impuntual como siempre, me llamó. Le pregunté por la familia, me conto que estaban muy bien. Su hija, la pequeña Mariel, con 11 meses de edad ya era capaz de caminar. Era hermosa, yo la había conocido por fotografías digitales que Luis me había compartido. Lo felicité a él y a su esposa, me agradeció y luego me pregunto por mi esposa, le dije que estaba fuera, se había marchado a Guatemala por culpa del trabajo.  
Un instante después de haber finalizado la conversación con Luis, sonó el teléfono. Inmediatamente atendí. Era mi esposa. En cuanto escuché su voz, la reconocí. Mi amor –le dije- que alegría escucharte, he pensado mucho en ti. ¿Cómo estás? Estoy bien, gracias -me dijo de manera Insulza. Te he extrañado mucho estos días –dije-. ¿De veras? –Preguntó, como si lo dijera más por cortesía que por deseo -¿Qué pasa?- le pregunté. Mira –me dijo- la verdad de las cosas es que ya no debes esperarme. Cuando escuché eso me sorprendí, sentí que mi mundo se derramaba, deshecho en la nada. ¿Por qué? –Le pregunté- ¿qué es lo que pasa? Ya no volveré –me dijo-, tengo otra vida en Guatemala. ¡¿Qué?! Pregunté aun más sorprendido. En Guatemala tengo un futuro mejor que el que soñé contigo –me dijo-, así que he decidido quedarme con él. No sufras por mí, no debes hacerlo. Y la llamada terminó.